El malo de la película

James Dean, Rebelde sin causa
Pocos lo saben pero estoy en este mundo de regalo. A los 17 cerré los ojos en un quirófano sin saber si volvería a abrirlos y 20 años después sigo por aquí, soy claramente un tío con suerte. Aquello me cambió: le perdí el miedo al miedo, simplifiqué y aprendí a ver el vaso medio lleno. Dejé de tomarme tan enserio a mí mismo y a mis supuestos problemas y decidí atreverme más y calcular menos.

Porque hasta cuando no me convenga, me conviene. Y esta es una de esas veces; no me va bien (más fútbol), no me apetece (hablar de mí) y sé que lo mejor que tenía que escribirle esta temporada al Espanyol ya se lo he escrito. Pero quiero hacerlo porque como dice un sabio amigo, en ocasiones hay hacer lo que se debe aunque se deba lo que se hace.

No tengáis miedo

Tenéis el futuro del Espanyol en vuestras botas y quedan 8 partidos para que dejéis la pose y ejerzáis sin complejos como lo que sois: el peor equipo de la Liga.

Ninguno de vosotros sois ni seréis Michael Jordan, sois el Hacendado del fútbol profesional, jugadores de fútbol de élite con habilidades suficientes para resolver vuestra vida y la de los vuestros, nada más y nada menos.

Los buenos chicos del equipo (estoy seguro de que sois buena gente) os habéis acostumbrado tras cada desastre a apoyaros en frases Mr Wonderful en las que no creéis para seguir con la función. Pero sabéis que volveréis a perder, porque tenéis miedo a perder.

No hace falta estar en ese vestuario para saber que algo no funciona y no tenemos a Al Pacino para arreglarlo. El atajo es dejar de pensar que el mundo conspira contra vosotros, que tenéis mala suerte, que os merecéis otra cosa o que sois mejores que la situación. En definitiva, el atajo es aparcar excusas, ego y pose: nadie se fija en vosotros más allá de nuestra pequeña aldea. No importáis, no importamos. No somos tan importantes como para importar.

RCD Espanyol, el peor equipoA la contra

Este club nació a la contra: por eso cada intento de domar el balón y la grada ha fracasado en el Espanyol. Por eso aquí no funcionan los buenos chicos y sí quienes son capaces de robarle el balón a un amigo mientras lo bota.

Y la vida os regala 8 partidos más en la élite para que os liberéis y le robéis el desenlace al destino. No necesitáis caer bien, ni competir en popularidad: esas batallas se perdieron hace un siglo más o menos. Sois feos, caéis mal y habitáis la cara b del fútbol. Aceptadlo, relajaos. Saltad al campo sin miedo y jugad el partido de fútbol que más disguste a cada equipo, periodista y aficionado rival. Disfrutad mientras veis el miedo enfrente, porque nada da más miedo en un duelo que alguien que parece no tenerlo.

Haced que cada uno de los 8 equipos que jueguen contra vosotros os odie. Que su prensa os odie. Conseguid que vuestras cuentas de Instagram se llenen de insultos, que os reporten por spam. Queremos que seáis el peor equipo que podáis llegar a ser. Los pericos estaremos ahí cuando menos lo merezcáis, que en vuestro caso será casi siempre.

Y muchos como yo seguiremos en nuestro asiento presencial o virtual hasta que bajemos la persiana, el club o nosotros. En Primera o en Tercera. ¿Pero por qué regalar la Primera si todavía podemos romper el guión que nos han escrito? Solo tenemos que salir ahí y representar el papel que mejor nos va, ser los malos de la película.

Solo tenemos que salir ahí y ganar.

Las reglas del club

El RCDE de la lucha
Nos advirtieron por activa y por pasiva que no entráramos. Unos nos ofrecieron la decepción como menú diario, otros nos amenazaron con la marginalidad y el oprobio.

Nos señalaron el camino hacia la redención y no hicimos caso… aquí seguimos algunos, muchos o pocos, los suficientes para que no quede nada en pie hasta que el árbitro pite el último final del último partido.

Somos lo peor del peor equipo de fútbol del mundo. Somos los hijos bastardos de una historia creada por y para otros. Pero hasta en el sótano del infierno hay códigos y reglas que conviene respetar mientras nos vamos ordenadamente a la mierda:

  1. La meta es el camino: ni una sola señal en el universo nos invitó a unirnos al Espanyol, más bien lo contrario. Nuestro destino es fajar, encajar, caer, volver a caer y tal vez, alguna vez, levantarnos unos segundos para lanzar un golpe al aire antes de volver a caer.
  2. Venid llorados de casa: será feo, largo y todo apunta a que sin final feliz. Siempre fue así. La vida del 99.9% de mortales es así. No lo lamentéis por vuestros hijos, agradeced que tengan la oportunidad de aprender de qué va esto gracias al fútbol, otros tropezarán con la realidad sin un balón de por medio.
  3. Aceptad que el peor enemigo del Espanyol siempre ha sido el Espanyol. Sé que hoy no soportas ver la cara de los 11 jugadores que visten tu camiseta, te rasgas las vestiduras cuando miras al palco y solo ves miradas altivas y desconexión, te invade la rabia ante la ausencia de una dirección deportiva pusilánime y errante y ni tan siquiera puedes maldecir ya al pasar por Vilassar. Esas son nuestras cartas.
  4. Somos una familia mal avenida: 3 pericos dan lugar a 4 barricadas irreconciliables que solo se unen en los peores momentos. Y ese momento (casi siempre) es ahora.
  5. Tomad conciencia de una verdad incómoda: no le importamos un carajo a nadie. Repito, a nadie. Los pericos estamos solos. Somos instrumento para unos, excusa para otros y anécdota para la mayoría. Cabe la posibilidad de que no le caigamos bien ni al mismísimo dios. Esa es nuestra ventaja, nosotros ya lo sabemos.
  6. No tenemos nada que perder porque ya lo hemos perdido todo: nos quitaron el club, el voto, luego la capacidad de influencia, nos relegaron a cartón piedra y decorado e hicieron todo lo posible por expulsarnos de nuestro propio estadio tratándonos como a extraños (ver regla 3). Por eso somos tan peligrosos cuando caminamos por el alambre, somos libres.
  7. No esperes nada de nadie que no lleve la blanquiazul: nadie nos salvará de nosotros mismos. Haz o no hagas pero no esperes que nadie lo haga por ti.
  8. No busquéis razones para creer, no las hay. Sé que no crees en la salvación, yo tampoco. Es tan improbable lograrla como encontrar un solo argumento para explicar que el Espanyol siga existiendo. Y no hay más plan que volver a domar la fe para escribir otro renglón torcido. Y en eso ando yo con lo que me alcanza.
  9. Mañana no existe: disfruta cada previa, graba a fuego el recorrido hasta el vomitorio del estadio, memoriza cada detalle del paisaje a tu alrededor al tomar asiento… vive estos 6 meses como si fueran los últimos, porque tal vez lo sean.
  10. Y no olvides la primera regla del club: nosotros somos el club. A pesar de todo y de todos. Así que, aunque te maldigan en el minuto 15, arrastra a cada perico de tu entorno al estadio. Y si nunca han estado, ofréceles el mejor bautismo posible: la mayor orgía del desastre y el absurdo futbolístico que jamás conocerán.

Es el momento: deja tu fingida indiferencia en el armario y saca la bufanda del cajón, cuelga la blanquiazul en tu balcón, vuelve a tu peña, reúnete con los viejos amigos antes de cada partido y aplaude, canta, grita, anima y abraza a extraños con cada brizna de esperanza.

Nadie te lo agradecerá pero nunca te lo perdonarías.

Acepta las reglas y únete al #RCDEdelalucha.

Empezamos.

Se nos acabó la fe de tanto usarla

RCD Espanyol estadio
A finales de los 90, pedir la camiseta del Espanyol en El Corte Inglés de Murcia o Alicante era una auténtica cuestión de fe. El dependiente te miraba desconcertado y acto seguido te preguntaba si lo que en realidad buscabas era la camiseta de la Selección española. Entonces yo insistía, que no, que lo que quería era la camiseta del Espanyol de Barcelona. Mis padres contemplaban la escena compungidos a un par de metros de distancia, como si no quisieran ver el desenlace.

A veces me ofrecían llamar a Barcelona para encargarla (luego descubrí que era igual de difícil encontrar la camiseta en Barcelona), ¿pero qué era eso de encargarla? Yo quería mi camiseta en ese momento, buscaba a alguien que me entendiera y me hiciera creer que aquello era normal. Esperaba que me preguntaran qué número quería estampar y que me dieran una palmadita en la espalda cuando saliera por la puerta con ella puesta: “hala, dales duro Tamudo”. Pero nada de eso sucedió nunca.

Tuve que esperar a 2004. Apenas 2 días después de llegar a Barcelona subí a Montjuïc, compré mi camiseta en aquella tienda improvisada frente al Olímpic y bajé la montaña feliz como un niño.

El fútbol es uno de los pocos espacios que me reservo para reencontrarme con la irracionalidad y la inocencia desgastada. Por eso cada vez que se refieren a los aficionados como clientes o nos tratan como decorado, me dan ganas de coger el carnet de socio y metérselo por el buzón de sugerencias. Con una nota que rece: “si esto es solo una empresa que la vengan a ver sus accionistas”.

Luego se me pasa el berrinche y vuelvo a mi vida semi adulta. A los pocos días acudo al estadio, como decía Toshack, a ver a los mismos 11 de siempre y me paso los 90 minutos buscando a mi alrededor razones para seguir creyendo.

Ocultar la fe perdida

Hace tiempo que dejé de encontrar argumentos pero he seguido autoengañándome lo suficiente para resistir 15 días más; ya saben, ludopatía sentimental. Quería creer que si lo intentaba una última vez descubriría en este Espanyol las huellas de ese relato que tenía en mi cabeza, que encontraría la autenticidad que buscaba y que me daría cuenta de que aunque no lo pareciera, el club seguía existiendo por y para nosotros. Desde hace algún tiempo me siento como Don Manuel en San Manuel Bueno, mártir; ocultando mi fe perdida a los que todavía la profesan de forma ciega.

La resistencia permanente sin causa compartida se deshace como un azucarillo, no solo por los resultados deportivos, que nunca han sido el fuerte de la casa, sino por la insistencia del Espanyol en copiar lo peor de los grandes y tratar a los suyos como a sujetos ajenos a la entidad 364 días al año. Seguir leyendo “Se nos acabó la fe de tanto usarla”

El fin

 

Espanyol

“Guanyarem, no en tinguis cap dubte, avui guanyarem”, esas fueron las palabras de un veterano aficionado a un niño en la cola de una tienda minutos antes del inicio de lo que en otra época fue un derbi. Supongo que esa fe (casi) inquebrantable de los suyos es la que le ha permitido al Espanyol sobrevivir 115 desafiando a la lógica y los elementos. Una resistencia que es en sí misma nuestra principal victoria pero que a su vez ha sido germen de infinitas guerras intestinas, fuente inagotable de bilis y manto de innumerables decepciones que han acabado por hacer del hastío un estado de ánimo irreversible para gran parte de la menguante parroquia blanquiazul.

No es una cuestión de voluntad. Hemos querido agarrarnos con todas nuestras fuerzas a cualquier brizna de esperanza en el camino para seguir creyendo que tal vez, esta vez sí, pasaría algo que recalculara nuestra inequívoca ruta hacia el abismo: tal vez el próximo torneo de Copa signifique un punto de inflexión, tal vez el siguiente derbi nos haga sentir orgullosos de nuevo, tal vez ese plan de saneamiento sea el definitivo, tal vez… el cortoplacismo ha sido tan miope y tan gris que sin darnos cuenta nos ha corroído los sueños y con ellos la ilusión.

Hemos renunciado a las formas, a los principios y a tener una identidad propia a cambio de un poco más de tiempo que nos permitiera agarrarnos una vez más al eterno ‘tal vez’; hemos aceptado que en el campo y en el palco nos represente cualquiera de cualquier forma a cambio de poder tirar una vez más los dados de nuestro azar, esos que siempre nos han sido esquivos. Seguir leyendo “El fin”