Capítulo 2: Nacido en el Mediterráneo

Mediterráneo, Cataluña España

Capítulo anterior: soy un charnego de manual

Nací en el Mediterráneo, en Orihuela (Alicante) [los de provincia solemos apuntalar nuestro origen igual que si se tratara de la dirección postal] y pasé la infancia escuchando a Serrat y sufriendo a Perales los domingos en el coche camino del pueblo de mis abuelos, Molins. El valenciano (un secreto: el valenciano es catalán) era tan infrecuente en la zona que en 6º de EGB, la profesora de la asignatura optativa nos prometió una excursión a un colegio del norte ¡para conocer a niños que lo hablaban! Nunca llegamos a visitar a aquellos marcianos y no entablé relación con ningún catalanoparlante hasta los 18 años, pero lo paradójico del asunto es que quedándome aparentemente tan lejos, crecí viendo A la Babalà en Canal 9 (barretcopter > casquet volador) y siempre me resultó extraño ver dibujos animados en castellano. Casi nada es tan simple como parece.

Crecí en una tierra a caballo entre el Panocho y el Postiguet, identitariamente forjada en la pertenencia al pueblo y a España, sin parada intermedia. Nunca fui un gran amante de sus tradiciones e idiosincrasia conservadora pero curiosamente aprendí a respetarla y a quererla en la distancia.

Un concepto diferente de ‘nosotros’

Desde pequeño noté que ‘los catalanes’ protagonizaban polémicas y conversaciones por encima de la media y me pareció que despertaban sentimientos encontrados Seguir leyendo “Capítulo 2: Nacido en el Mediterráneo”

Los nadie del fútbol

Punk football, FC United of Manchester
Mick Dean, FCUM photography https://www.flickr.com/photos/38910764@N03/

La luz de los focos, el olor a puro y la estridente música de la megafonía aturdían mis sentidos. Atrincherado tras una portería escudriñaba el estadio con la mirada, incapaz de fijar mi atención en ningún punto. Ajeno todavía a los automatismos del aficionado habitual, todo me resultaba nuevo aquel 9 de enero de 1991. Del Orihuela Deportiva – RCD Espanyol que supuso mi bautismo futbolístico no recuerdo una sola jugada, pero permanece imborrable en mi memoria la irracional sensación de formar parte de la Historia.

Aquellos 45 minutos (mi padre consideró que era demasiado tarde para aguardar al pitido final) marcaron para siempre mi forma de observar el fútbol; desde entonces, 90 minutos me resultan excesivos, lo que pasa alrededor del terreno de juego llama tanto o más mi atención que lo que pasa sobre él, el césped mojado me huele a felicidad y siento que juego en casa sentado en gradas de cemento y hormigón.

Sin saberlo, asistí al final de una época en la que el aficionado todavía podía sentirse parte del devenir de su Club. El ocaso de un tiempo que como cuenta Enric González se inició con grupos de socios delegando en jugadores su representación en el campo. Hoy (casi) nada de aquello sigue en pie: mastodónticas multinacionales compiten con boutiques locales por atraer miradas globales; productos diseñados para ser consumidos a través de un cristal que marca la frontera hasta la que les está permitido acercarse a los antaño dueños, hoy consumidores.

Y entre unos y otros, entre poderosas multinacionales y exclusivas boutiques, una indefinida masa menguante de indiferencia. Entidades incapaces de dibujar su propio camino o de mantener la velocidad de aquellos que marcan los nuevos estándares a seguir; se extinguen irremediablemente, encomendados a algún mecenas salvador. Seguir leyendo “Los nadie del fútbol”

Con la libreta cargada

PeriodismoCrucé el umbral de la puerta excitado por la emoción de la primera vez y en la penumbra vi aquella figura voluminosa, tosca, de mirada sucia y voz desagradable. Me detuve a escucharlo a unos metros de distancia, hablaba sin reparos de dar y quitar ante un corrillo de compadres. Lo hacía subido a la soberbia de quién se sabía por encima del bien y del mal, dueño (del destino) de todo(s) lo(s) que le rodeaba(n).

Han pasado casi 12 años y sigo teniendo grabado a fuego ese fresco en el Ayuntamiento de mi pueblo. La inocente temeridad del momento me llevó a creer que la cámara, el micrófono y la libreta serían armas más que suficientes para dar la batalla a aquel cacique y a todos los que como él, se creyeran con derecho de pernada. Lo creí de verdad, tal como un día le dijo José Monerri a su entonces discípulo Pérez-Reverte; luego empecé a contrastar los hechos. Seguir leyendo “Con la libreta cargada”