El Espanyol da la espalda… a su realidad

Cornellà El Prat, Catalunya més que un clubOtro año que acaba con la sensación de que la mediocridad cala en la estructura del Espanyol como la aluminosis penetra en los edificios enfermos. No hay un rincón del club que no esté amparado en alguna excusa para justificar su letargo: “somos el Espanyol”, “con lo que hay no se puede hacer más”, “podemos darnos con un canto en los dientes pensando en como empezamos”, “podría ser peor, mira al Villarreal o el Zaragoza”, “la crisis es para todos” y un largo etc. de sobra conocido.

Tras muchas temporadas siguiendo al equipo, con más sombras que claros (y no hablo sólo de resultados), sigo preguntándome cuál es el ADN del Espanyol: ¿qué hecho diferencial hace reconocible a la institución, desde los directivos hasta los alevines, pasando por el primer equipo y la afición? Dejando a un lado las pasiones y analizando los hechos con frialdad te das cuenta de que ese ADN no existe o se oculta. La imagen que proyecta el club a la sociedad, a los socios, a los empleados, a las instituciones, a los medios… está en manos de personas (jugadores, directivos, portavoces o cuerpo técnico) que actúan sin criterio, o al menos, sin criterio compartido. La marca Espanyol es un puzzle que no encaja, un mensaje que no llega; y eso provoca grietas y desapego.

No hay diferencias entre el Espanyol y el Mallorca, o el Deportivo, o el… porque si analizamos con sinceridad lo acontecido este año (como ejemplo) veremos una realidad muy alejada de la mitificada humildad, nobleza y entrega que nos arrogamos: en el campo, un equipo endeble, carente de ambición, sin arraigo ni ascendencia; en el palco, egocentrismo, a ratos esperpento, y sobre todo, ausencia de ideas y liderazgo; en la grada, absurdas guerras cainitas, peligrosos gestos intolerantes y creciente indiferencia (27.500 espectadores en un derbi, por debajo de la media de asistencia en la primera temporada de Cornellà). El denominador común: ausencia de rumbo en un club desnortado.

Creo que no me equivoco al afirmar que, lejos de títulos y portadas, lo que busca un perico es que su equipo le haga sentir orgulloso. Que le haga disfrutar del camino más allá de las metas. Un perico gusta de Leverkusen o Glasgow tanto como de Mestalla o el Bernabéu, porque lo que ansía es sentir ese cosquilleo en el estómago que provoca la comunión de los suyos dándolo todo en el campo y en la grada. Y eso, reconozcámoslo, lleva mucho tiempo sin pasar y nada hace indicar que vaya a darse a corto plazo.

Podemos seguir hablando de Colón, de Casanovas, de esteladas y rojigualdas o de pasillos y alicatados. Podemos seguir buscando el enemigo fuera mientras damos la espalda a nuestra cruda realidad: el principal enemigo del Espanyol es el Espanyol. La elección es: lo asumimos y lo arreglamos o continuamos la auto destrucción.

El Espanyol es la frente de Chica contra la de Messi

Francisco Javier Chica, frente a frente con Lionel MessiVolvamos a hablar de la nada y de todo, volvamos a hablar de fútbol, o de eso que practicó el Espanyol con indisimulada cobardía en el Camp Nou. Porque eso es lo que fue ayer el Espanyol: un grupo de cobardes que rehuyeron su responsabilidad amparándose en un sinfín de excusas tan vacías como su espíritu. El Espanyol dio tanta pena, que sufrió el mayor desprecio que se puede recibir sobre un terreno de juego: el de su rival, otrora enemigo, apiadándose de él.

He visto muchos jugadores malos, muy malos, incluso pésimos con la blanquiazul (pocas veces tantos juntos), pero pocas veces vi un conjunto de jugadores con menos dignidad y actitud que los que ayer se dejaron pisotear por el Barcelona entre palmaditas, abrazos e intercambios de camisetas. No apelaré aquí al sentimiento, ni a la elástica que defienden porque para eso sería necesario que al otro lado hubiera jugadores que compartieran ese sentimiento o al menos, lo hubieran interiorizado y hecho suyo. Tampoco hablaré de mercenarios, porque esos eran profesionales que cumplían en la batalla con lo pactado. A este grupo de privilegiados sólo les reclamo la gallardía que han olvidado, y la dignidad que cualquier persona debe llevarse a la cama cada noche.

Lo escribía hace unos meses y lo constato cada 7 días, el Espanyol empezó a deambular cuando perdió su propio relato (lo de la mala gestión, la opacidad y las familias tengo la impresión de que es una lacra histórica) y renunció a sí mismo para tratar de ser otro que ni era, ni es, ni será. El Espanyol es la frente de Chica contra la de Messi en el Camp Nou. Y el que no entienda eso no puede estar en este club, así de simple.

Hoy el Espanyol es sólo un cantar del pasado transmitido por sus aficionados sin ningún viso de realidad que lo constate. Es un zombi a todos los niveles y eso se ha impregnado en un vestuario lleno de personalidades endebles cobijadas bajo atenuantes, pretextos y justificaciones. Gente incapaz de asumir su responsabilidad y luchar por ser la mejor versión de sí mismos que puedan ser. Sí, el Barcelona te puede ganar 4-0, pero tiene que irse al vestuario extenuado y feliz por perder de vista a esos 11 cabrones pericos. Porque el de ayer, por más que intenten enmascararlo, no es un partido más, ni pertenece a otra liga. Para el Espanyol, el derbi es El partido: más allá de los 3 puntos, se juega la existencia.

El trato condescendiente no ayudará a esa corrala llena de jugadorcillos acomodados (y ese es el problema) de quinta y de estrellitas del montón de los estrellados. Señores, asuman de una puñetera vez su realidad y su responsabilidad, siéntanse afortunados por disfrutar de una élite y un apoyo que probablemente no merecían y por vergüenza torera, suplan con actitud lo que no les alcanza con el talento.

Los Barça – Madrid y la necesaria reemisión de Barrio Sesamo

Tenía pensado hablar aquí del papel que ha jugado la comunicación en estas 4 (nuevas) batallas del siglo libradas por Madrid y Barça, pero creo que ya está casi todo dicho. No quiero aburriros con ruedas de prensa, estrategias de comunicación de los clubs (¿de fútbol?), actitudes de la ¿prensa? ¿deportiva?, etc. Sí quiero compartir con vosotros una reflexión colateral a este espectáculo mediático que me parece especialmente grave: aunque pueda parecer contenido propio de Barrio Sesamo, conviene recordar que el Real Madrid CF no es Madrid, y que Madrid no es España; de la misma forma que el FC Barcelona no es Barcelona y que Barcelona no es Catalunya.

Que muchos aficionados del Real Madrid o el FC Barcelona concedan a ambos clubes de fútbol un papel simbólico y que para ellos sean representativos de algo más que lo meramente futbolístico, no debe confundir a instituciones, medios de comunicación y ciudadanía. Esa asociación de trazo grueso es el caldo de cultivo de bajas pasiones y conductas irracionales, ¿o acaso es ese el objetivo que persiguen aquellos que la jalean?

Como consecuencia del pábulo a esta falaz representatividad, durante estas semanas hemos asistido a un proceso de alistamiento en cada uno de los bandos: los buenos y los malos, los oficiales y los rebeldes, el dinero contra la cantera, el equipo contra las individualidades, Barcelona contra Madrid, secesionismo contra centralismo y como no, se llegó al (ansiado por muchos) Catalunya – España. Cada aficionado puede ver en estos partidos lo que quiera ver, los que no pueden ni deben confundirse (ni confundir) son las directivas, los políticos, los periodistas y todos aquellos que por responsabilidad deben anteponer la razón a sus instintos.

El único valor simbólico que no debería perder nunca el deporte es el de ejemplo para la sociedad y, por desgracia, una buena parte de la nuestra está tomando como modelo lo acontecido en los Madrid – Barça.

El derbi entre líneas

Leía en el excelente blog de Miguel Ángel Violán, un interesante artículo sobre el pasado derbi barcelonés disputado por Espanyol y Barcelona. Comparto con él la desagradable sensación de haber entrado en una era en la que lo único que cuenta es el resultado y no los medios para alcanzarlo. En el caso del deporte, esta desnaturalización es una consecuencia directa de su mercantilización y del alto valor estratégico que alcanza para determinados grupos de interés.

El partido Espanyol – Barcelona del sábado es una muestra gráfica de una pérdida de valores que no atañe sólo a la entidad blanquiazul o a los clubes “pequeños”. La encerrona a la que se somete a los “jueces” está a la orden del día en todos los ámbitos (basta echar un vistazo al tema Estatut, Garzón o Gürtel) y también los grandes clubes de fútbol, como el propio Barcelona de Guardiola juegan de una forma sibilina con ese intangible que son las percepciones (sólo hay que leer entre líneas las declaraciones post partido del técnico azulgrana).

Cuando la exigencia sube y el resultado está en juego, hasta al mejor club del mundo comete acciones antideportivas (Xavi Hernández reclamando tarjetas para sus rivales en el Bernabéu hace una semana o provocando un penalti con una caída físicamente imposible durante el partido de ida frente al Espanyol) e indignas (dedicar los goles y la victoria frente al Espanyol del último derbi en Montjuïc a los radicales que minutos antes habían lanzado bengalas contra aficionados espanyolistas).

El caso de los “grandes de nuestra liga” es más sangrante si cabe, al contar con un gran circo mediático detrás que intenta condicionar decisiones (el sospechoso indulto que permitió la participación del Barcelona en la Copa del Rey 2001 y evitó el cierre de su estadio en 2002) y tergiversar realidades (el gol con la mano de Messi hace dos temporadas fue profundamente aplaudido y celebrado hasta convertirse en una nueva “mano de Dios”).

Desgraciadamente, el deporte no es más que el espejo de un mundo en el que no importan los porqués, un mundo en el que aumentan las desigualdades y en el que existen diferentes varas de medir en función de los protagonistas. Y es que, como ya constató Makinavaja: “en este mundo podrido y sin ética, a las personas sensibles sólo nos queda la estética”.