Hola Cataluña, hola Espanya

El triunfo de los valores (II)

Adéu Espanya fue uno de los eslóganes más reproducidos en la manifestación del pasado 10 de julio contra la sentencia del Constitucional y el recorte al Estatut. Decir adiós es tan tajante que solemos sustituirlo a menudo por un cordial “hasta pronto” o un coloquial “nos vemos”. El “adiós” está reservado para las despedidas solemnes, para dar por cerrada una conversación sin esperanza de continuidad o para separaciones indefinidas. Es un término que denota distancia y cierta frialdad, algo que convierte el mensaje del pasado sábado en algo premeditado y alejado del calentón del momento. Lo que ese Adéu Espanya denota es hastío y desgana, un mensaje de renuncia a tender puentes y un claro síntoma de agotamiento de una parte de la población catalana, que por encima de razones y sinrazones se muestra impotente ante la incomunicación de sus representantes.

En el baile de cifras sobre el número de asistentes, algunos han olvidado que lo importante es el mensaje: los ciudadanos (catalanes) quieren estar en el centro de las conversaciones que les afectan y no sentirse consortes cada 4 años. Quieren que su opinión sea escuchada. El grado de incomunicación alcanzado entre los diferentes actores de esta película (que dura tanto como la de la propia historia de España) hace inviable un diálogo necesario. Los “debates” políticos y “tertulias” mediáticas sobre actualidad política se han convertido en monólogos sordos en los que nadie escucha y en caldo de cultivo para los separadores.

Como recogía en la entrada precedente, el valor del Mundial de fútbol conquistado por la Selección española no estriba (sólo) en el título, sino en la forma de conseguirlo y el ejemplo dado, tanto a nivel externo como interno (sin duda, la mejor campaña de branding que ha realizado España en los últimos años). Y es que, como apunta Javier Villalba en su blog, la comunicación interna debe jugar un papel fundamental en el futuro de las relaciones del Estado, tanto en el ámbito administrativo como (sobre todo) en el plano emotivo: es obligado tender puentes, volver a la escucha activa, a la empatía y el respeto.

Para dejar de ser un problema (en plena crisis, es la tercera preocupación de los españoles según el barómetro del CIS) y convertirse en parte de la solución, es necesario que los políticos actúen desde la responsabilidad y que articulen nuevas fórmulas de participación ciudadana que acerquen la política a la calle. De la clase política depende redirigir el rumbo y servir de ejemplo a unos medios y una sociedad cada vez más polarizada. El desapego entre los ciudadanos y sus representantes políticos es cada vez más palpable y reproduce lo que hace unas semanas comentábamos en relación a los medios de comunicación offline que están entrando en el mundo online sin entender el medio y los usuarios. El último ejemplo lo tenemos con The Times y el lanzamiento de su versión digital de pago, algo que según Guardian (el principal beneficiado) les ha llevado a reducir un 93% su tráfico.

España será lo que de ella hagamos entre todos (también aquellos que hoy no se sienten representados y abogan por la separación), pero ese entre todos parte del respeto a las diferencias y del refuerzo de los elementos compartidos. Ese entre todos sólo es posible a partir del desbloqueo de posiciones estancas y de la renuncia a prejuicios y anacronismos que nos distancian. Ese entre todos sólo es posible a partir de una conversación continua en la que todas las voces sean tenidas en cuenta.

No es momento de dejar de lado a nadie porque todos somos necesarios para afrontar los retos del futuro. Es momento de que España se reinvente a partir de nuevos valores en los que todos nos sintamos representados (valores como los transmitidos por la Selección española de fútbol) y de mirar al futuro en clave de suma. Es el momento de los ciudadanos, es el momento de tender puentes a través de la comunicación.

–    Hola Cataluña.
–    Hola Espanya.

La Comunicación en el ojo del huracán político

Todas las miradas de la clase política están fijadas ahora en la comunicación. A ella achacan sus males y a ella se encomiendan para lavar su creciente descrédito. Veía anoche en TV3 la entrevista que Mónica Terribas (directora de la televisión autonómica catalana) le realizó con pulso firme a José Montilla. El President de la Generalitat reconoció fallos de gestión durante las nevadas de la pasada semana y afirmó que su gobierno no “había triunfado en lo que a comunicación se refiere”. No es un hecho aislado.

En los últimos meses hemos visto como el ministro de trabajo Celestino Corbacho achacaba a la mala comunicación la sensación generalizada de parálisis en la toma de decisiones relacionadas con lo laboral. Semanas más tarde se despachaba con unas declaraciones, cuanto menos inoportunas, en las que veía con buenos ojos “hacerse un Plan de pensiones privado”. Mala lectura de la situación y poco conocimiento de los medios, algo que no es de extrañar teniendo en cuenta los precedentes marcados por su jefe de prensa meses atrás.

Los problemas de comunicación afectan a todos los partidos pero hacen especial mella en el que ostenta la responsabilidad de gobernar. José Luis Rodríguez Zapatero ha basado gran parte de su éxito político en la comunicación y ahora que el viento sopla en contra, se ha convertido en su principal quebradero de cabeza, algo que reconocen sus más allegados en el gobierno. En una nueva huida hacia delante, ha realizado un cambio en la Secretaria de Estado de Comunicación, que ahora ostenta el ex director de Público Felix Monteira (sería conveniente reflexionar sobre la necesidad real de crear un Ministerio de Comunicación). ¿Puede ser la comunicación factor determinante del éxito o fracaso de un Gobierno? Yo creo que sí, pero esta pregunta queda incompleta sin una segunda cuestión que dejo para su reflexión: ¿residen en la comunicación todos los problemas de nuestros Gobiernos (central, autonómicos, locales, etc.)?