Con la libreta cargada

PeriodismoCrucé el umbral de la puerta excitado por la emoción de la primera vez y en la penumbra vi aquella figura voluminosa, tosca, de mirada sucia y voz desagradable. Me detuve a escucharlo a unos metros de distancia, hablaba sin reparos de dar y quitar ante un corrillo de compadres. Lo hacía subido a la soberbia de quién se sabía por encima del bien y del mal, dueño (del destino) de todo(s) lo(s) que le rodeaba(n).

Han pasado casi 12 años y sigo teniendo grabado a fuego ese fresco en el Ayuntamiento de mi pueblo. La inocente temeridad del momento me llevó a creer que la cámara, el micrófono y la libreta serían armas más que suficientes para dar la batalla a aquel cacique y a todos los que como él, se creyeran con derecho de pernada. Lo creí de verdad, tal como un día le dijo José Monerri a su entonces discípulo Pérez-Reverte; luego empecé a contrastar los hechos. Seguir leyendo “Con la libreta cargada”

Corriendo huerto adentro

EspañaCorría huerto adentro cada vez que escuchaba el sonido de un avión sobrevolando el pueblo. El miedo a esa guerra eterna que es España se clavó en su alma y nunca le abandonó. Mi tata (mi tío bisabuelo en realidad) era un buen hombre o lo que es lo mismo, un pobre hombre a manos de este vil lugar. La guerra se cruzó en su camino y los fogones a los que algún general caritativo le destinó le libraron de una muerte segura. Cualquiera de los que lo conocimos sabemos que no hubiera sido capaz de empuñar más que la hoz y la azada con la que se ganó la vida. Seguir leyendo “Corriendo huerto adentro”

Centro comercial ambulante

Tren de CercaníasDe un tiempo a esta parte se ha incrementado el número de personas que aprovechan el transporte público para vender su talento (el que lo tiene) o sus productos por unas monedas. El metro, el tranvía o el tren de cercanías se convierten en improvisados centros comerciales ambulantes en los que puedes encontrar desde las clásicas actuaciones musicales, hasta un ácido informativo de radio, pasando por la venta organizada de pañuelos de papel o de libros auto editados.

Realizo un mínimo de 2 trayectos diarios en transporte público y me encuentro con una media de 3 espectáculos. Además de en las actuaciones, suelo parar atención en las expresiones y comentarios del resto de viajeros; estamos mal, falta humor y sobra mala leche. Es cierto que el acordeonista persa de las 8:30 de la mañana debería estudiar mejor el horario pero no es menos cierto que aquel señor se juega el plato de comida y la mayoría de nosotros, una última cabezada.

Pero en ocasiones, por más enfrascado que esté en mis miserias o las de Bárcenas, no puedo evitar sonreír y sentir que hay algo de esperanza. Así me ocurrió hace unas semanas con la actuación de un improvisado dueto en la línea R1 del Maresme. Guitarra española en mano, un joven de rasgos orientales anunció su actuación en un más que correcto catalán y cuando apenas llevaba 10 segundos de canción, una adolescente sentada a unos metros de distancia, desenfundó impulsivamente su violín. Tras una sonrisa de aprobación por parte del guitarrista, la quinceañera se arrancó en el acompañamiento y con el sol poniéndose sobre el mediterráneo como fondo, ayudó a detener el tiempo.

Hoy no toca hablar de cultura, crisis o talento juvenil. Hoy sólo quiero describir ese momento, el momento, el único que recuerdo con precisión de aquel día en el que los acordes de dos desconocidos se unieron para dibujar sonrisas. Sólo eso, todo eso.

Ah sí, la canción… ¿cuál crees que tocaron?

Del blanco y negro al color… verde

Panorámica de Orihuela desde el río SeguraNota del autor: Esta entrada tiene un marcado tono personal y una ambientación local. Espero sin embargo que cualquiera pueda verse reflejado en el mensaje de cambio y en los valores que destila.

Suelo asociar mis recuerdos a colores y estos a sensaciones. Si pienso en Orihuela, tu pueblo y el mío, mis recuerdos hasta bien entrados los 18 años (allá por el año 2001) están impregnados de blanco y negro y tonos sepia. Tenía la sensación de vivir en un lugar paralizado, anclado en el tiempo. Un lugar donde nada pasaba; un lugar donde todo parecía regirse por normas y códigos ajenos a los comúnmente aceptados de puertas hacia afuera.

Los periodos electorales estaban marcados por esos códigos invisibles bajo los que se pagaban favores con actos estrambóticos (presididos por inmensas ollas de pelotas) llenos de brindis al sol en forma de proyectos faraónicos. La foto se repetía invariablemente cada 4 años. Eran “lugares” tan comunes como la Glorieta, los Andenes o el obsoleto Polideportivo de El Palmeral, que tras varias ciudades deportivas de papel, sigue siendo el “bastión” deportivo de la ciudad. Seguir leyendo “Del blanco y negro al color… verde”