Se nos acabó la fe de tanto usarla

RCD Espanyol estadio
A finales de los 90, pedir la camiseta del Espanyol en El Corte Inglés de Murcia o Alicante era una auténtica cuestión de fe. El dependiente te miraba desconcertado y acto seguido te preguntaba si lo que en realidad buscabas era la camiseta de la Selección española. Entonces yo insistía, que no, que lo que quería era la camiseta del Espanyol de Barcelona. Mis padres contemplaban la escena compungidos a un par de metros de distancia, como si no quisieran ver el desenlace.

A veces me ofrecían llamar a Barcelona para encargarla (luego descubrí que era igual de difícil encontrar la camiseta en Barcelona), ¿pero qué era eso de encargarla? Yo quería mi camiseta en ese momento, buscaba a alguien que me entendiera y me hiciera creer que aquello era normal. Esperaba que me preguntaran qué número quería estampar y que me dieran una palmadita en la espalda cuando saliera por la puerta con ella puesta: “hala, dales duro Tamudo”. Pero nada de eso sucedió nunca.

Tuve que esperar a 2004. Apenas 2 días después de llegar a Barcelona subí a Montjuïc, compré mi camiseta en aquella tienda improvisada frente al Olímpic y bajé la montaña feliz como un niño.

El fútbol es uno de los pocos espacios que me reservo para reencontrarme con la irracionalidad y la inocencia desgastada. Por eso cada vez que se refieren a los aficionados como clientes o nos tratan como decorado, me dan ganas de coger el carnet de socio y metérselo por el buzón de sugerencias. Con una nota que rece: “si esto es solo una empresa que la vengan a ver sus accionistas”.

Luego se me pasa el berrinche y vuelvo a mi vida semi adulta. A los pocos días acudo al estadio, como decía Toshack, a ver a los mismos 11 de siempre y me paso los 90 minutos buscando a mi alrededor razones para seguir creyendo.

Ocultar la fe perdida

Hace tiempo que dejé de encontrar argumentos pero he seguido autoengañándome lo suficiente para resistir 15 días más; ya saben, ludopatía sentimental. Quería creer que si lo intentaba una última vez descubriría en este Espanyol las huellas de ese relato que tenía en mi cabeza, que encontraría la autenticidad que buscaba y que me daría cuenta de que aunque no lo pareciera, el club seguía existiendo por y para nosotros. Desde hace algún tiempo me siento como Don Manuel en San Manuel Bueno, mártir; ocultando mi fe perdida a los que todavía la profesan de forma ciega.

La resistencia permanente sin causa compartida se deshace como un azucarillo, no solo por los resultados deportivos, que nunca han sido el fuerte de la casa, sino por la insistencia del Espanyol en copiar lo peor de los grandes y tratar a los suyos como a sujetos ajenos a la entidad 364 días al año. 

Siempre he creído que, en la era de las multinacionales futbolísticas, el Espanyol debe caminar contracorriente y mostrarse cercano: abrirse a su gente, crear comunidad y hacerla partícipe de su día a día desterrando el concepto de SAD que entiende al aficionado como clientela intercambiable y el fútbol como un show (eso funciona en otras latitudes y en otros clubes cuyo ámbito de acción es el mundo).

En definitiva, dejar de hacer ver que se prepara para una guerra futbolística global que perdió hace décadas y apostar por la guerrilla local: día a día, socio a socio, barrio a barrio.

Gánensela

Siempre he creído que renovar el carnet de socio es como renovar el DNI: puro trámite. Y siempre pensé que si alguna vez tenía descendencia, el carnet del Espanyol llegaría a casa en paralelo al empadronamiento. Como bien dice el maestro Enric González, el Espanyol es una cuestión de fe, sí, pero mantenerla viva requiere de apóstoles, de un relato y de algún que otro milagro. A estas alturas, yo me seguiré autoengañando cada 15 días pero no puedo hacer creer a Gala si nadie se ocupa de oficiar espanyolismo.

Hace unos días llegué a la conclusión de que este Espanyol no se merece que haga socia a mi hija. No se lo ha ganado. Si quieren que ella forme parte de esto, hagan su trabajo: convénzanme de que de verdad les importa, háganme ver que merece la pena exponerla a los sinsabores deportivos, garantícenme que no la defraudarán, demuéstrenme que la harán sentir orgullosa y partícipe. Prométanme que para ustedes mi hija será lo primero, que trabajarán cada día por ella y por todos esos locos bajitos que, en plazas y patios hostiles, se enfundan la blanquiazul llenos de una ilusión imposible de explicar en términos empresariales.

En definitiva, renuncien para siempre a captarla como clienta y gánensela como miembro de nuestra minoritaria comunidad.

Y yo seré el padre más feliz del mundo porque entonces sí, podré regalarle su primera camiseta del RCD Espanyol.

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