15M: aniversario de un (primer) intento fallido

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15MLa casta/clase/profesión política sintió miedo ante el 15-M. Durante algunas semanas el desconcierto se apoderó de gobernantes nepotistas,  administradores de la nada, asesores ociosos y demás grasa albergada en el núcleo de un sistema atrofiado (sí, también hay músculo). Lo desconocido agudizó los sentidos de representantes públicos de toda índole. No sabían qué era aquello pero tenían claro que representaba una amenaza a su apoltronamiento, y como chamanes de una tribu advertida, fueron asomándose a medios, sedes y atriles para pedir al ‘maligno’ que se manifestara. Los palos de ciego en busca de un enemigo al que no conseguían atizar provocaban sorna y retroalimentaban la indignación.

Las plazas, las calles y las redes se llenaron de un líquido inflamable que reclamaba Cambio. Un movimiento invertebrado, sin líderes ni sedes que se extendía como una mancha de aceite impregnándolo todo. Sindicatos, partidos, patronales, organismos e instituciones se afanaban por dibujar un retrato robot al que poder clasificar y desactivar. Su situación era alarmante: no acertaban a dar con la ventanilla adecuada en la que cloroformizar a esa orda creciente de ciudadanos indignados que ya no necesitaban formularios oficiales para gritar al mundo su rabia.

Los antídotos habituales: amenazas, burocracia, subvenciones, segundos de gloria o intentos de absorción, se mostraban inofensivos. Así, recurrieron a una receta tan antigua como efectiva: ‘divide y vencerás’. El stablishment provocó al “engendro incontrolable” para que hiciera lo único que podía auto destruirle: política. Esas estériles y multitudinarias asambleas en las plazas actuaron como redes de arrastre que permitieron atrapar y clasificar a las especies capturadas. Los anárquicos y superficiales debates sobre izquierdas y derechas, sobre la banca o sobre el precio del billete de metro consiguieron destruir en mil añicos al mosaico de ciudadanos que había emergido unido por la voluntad de un cambio en las reglas del juego.

Plaza del 15 de MayoLo que unió a los miles de ciudadanos detrás del 15M fue el deseo compartido de cambiar las reglas bajo las que se había pervertido la política, no hacer política. Lo que unía (y une) a una inmensa mayoría era y es la voluntad de devolver el papel protagonista al ciudadano, de acabar con la impunidad, la irresponsabilidad (y todos debemos asumir una parte por acción u omisión) y la usurpación ilegítima de los recursos públicos. El objetivo era y es reformar elementos claves que garanticen la ventilación y auditoría del sistema; a mi modo de ver: participación, transparencia y financiación de partidos; y como paraguas, una reforma constitucional nacida de y para los ciudadanos que impida traiciones exprés de fin de semana.

La propia naturaleza líquida del movimiento posibilitó que desviaran su cauce en diferentes efluentes que daban a parar a embalses estancos. Como cualquier especie animal, esa #partitocracia que ha fagocitado todos los recursos del sistema para ponerlos a su disposición, sólo reaccionó al ver amenazado su modo de vida. Una vez superado el susto, reforzaran las defensas: con el pretexto de la piratería y la seguridad se han sumado a la guerra abierta (a nivel internacional) por el control de Internet; han aprovechado cada ocasión para exhibir una calculada y desproporcionada puesta en escena de las fuerzas del orden; y han tratado de socavar las demandas clave (como la de transparencia en la administración pública) con proyectos de ley vacíos y tramposos.

2 años después de aquel destello, todo lo que rodea a los partidos y sus acólitos está cambiando (a peor), mientras ellos continúan atrincherados en un pasado mejor (para ellos) del que no tienen intención de apearse. Los ciudadanos empezamos a parecer rehenes con claros síntomas de padecer el síndrome de Estocolmo.

El aniversario del #15M volverá a recordarnos lo que pudo ser y no fue. La pregunta es: ¿todavía podría ser?

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