“Me gusta el Espanyol… y tengo bastante con eso”

Lo dijo Casilla en el Calderón tras ser preguntado por su posible destino atlético a final de temporada. Nos sorprendió (para bien) su respuesta porque nos hemos acostumbrado a que nuestros jugadores (sólo) entiendan el Espanyol como una escala en su camino y hemos aceptado como algo normal que los canteranos sueñen más allá de Cornellà desde Sant Adrià.

Los aficionados hacemos conjeturas con el beneficio que obtendrá el club de la venta de jugadores que aún no han debutado. La información blanquiazul pivota sobre eternos procesos de renovación que nunca cuajan y sobre el interés de otros clubes en nuestros mejores jugadores; jugadores que especulan públicamente con las necesidades económicas del Espanyol para dejar su puerta de salida entreabierta.

Tal vez siempre fue así, pero sin darnos cuenta hemos interiorizado que somos poca cosa para cualquier jugador que destaque dos domingos seguidos. No entendemos qué podrían ver en nosotros para querer seguir aquí. Hemos ido perdiendo autoestima hasta aceptar como algo inevitable que Getafe o Swansea fichen canteranos blanquiazules imberbes (convertir en principal la puerta de atrás del Espanyol tampoco ha ayudado a que chavales, y no tan chavales, quieran echar raíces).

Nos hemos descuidado y hemos dejado de mirarnos en el espejo asumiendo que nunca podremos ser ese club con el que soñamos. En 113 años no hemos sido capaces de forjar una identidad sólida y reconocible a la que agarrarnos para hacernos fuertes más allá de nuestro momento o del contexto. No hemos sabido establecer un relato con el que recordar/explicar nuestro porqué a quienes nos miran desde la duda o el prejuicio. Todavía no, pero podríamos hacerlo, depende exclusivamente de nosotros. Seguir leyendo ““Me gusta el Espanyol… y tengo bastante con eso””

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Un Espanyol que haga feliz a su gente

Bill ShanklyBill Shankly aterrizó en el 59 en un Liverpool en decadencia que deambulaba por Segunda sin poder acercarse al poderoso Everton del momento; y cambió el rumbo del club, para siempre. Los signos más reconocibles del actual Liverpool, desde el rojo de su uniforme hasta el ‘This is Anfield’ con el que recibe el estadio a propios y extraños, fueron obra de este apasionado escocés que además de 3 Ligas, 2 Copas y 1 UEFA, consiguió forjar una identidad reconocible y perdurable para los reds.

Más allá de sus éxitos deportivos, en la que fue su casa (solía registrarse en los hoteles con la dirección del estadio de Anfield) se le recuerda por haber hecho feliz a la gente: ‘Bill Shankly: He made people happy’ puede leerse en la estatua conmemorativa del 100º aniversario de su nacimiento.

Tratamos de complicarlo pero todo lo que el fútbol puede llegar a ser se circunscribe a las emociones y la felicidad que provoca. Se resume en miles de miradas empujando un balón que transporta sueños infinitos sobre su estela. Pensaba en ello mientras leía la noticia de esa niña “marginada” en el colegio por vestir de blanquiazul y me costaba encontrar algo de felicidad entre las sensaciones que provoca hoy el Espanyol. Muy poco que ofrecer como contrapeso a las injusticias y a la doble moral que nos rodea.

Percibo hartazgo, agotamiento y una cierta resignación producto de ese cortoplacismo gris al que se ha visto reducida la entidad. El contexto social, plagado de sinsabores, penaliza a los equipos que, atenazados por la falta de recursos, se limitan a la resistencia y el sufrimiento. Equipos, que como el nuestro, no son capaces de alimentar con sueños y esperanzas sentimientos cada vez más difíciles de legar. Y no debería ser tan difícil hacer feliz a un perico que es capaz de celebrar los corners como victorias. Seguir leyendo “Un Espanyol que haga feliz a su gente”

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Volver a emocionar

RCDE

Los grandes momentos se marcan en nuestra retina y condensan épocas, sensaciones y experiencias a las que en muchas ocasiones resulta difícil hacer justicia con palabras. Pensaba en ello mientras veía Marcats pel 21, segunda entrega de la terna de traumas que han marcado la historia reciente del Espanyol.

Leverkusen, Sarrià y Jarque han fundido en uno solo los corazones de miles de personas, blanquiazules o no. Emociones compartidas sin matices que nos han movido a la acción para construir tras la desolación inicial. Puntos de inflexión que han ayudado a cimentar una identidad luchadora y un tanto hermética. Una personalidad marcada por un instinto de supervivencia que nos hace especialmente hábiles en la adversidad.

Lágrimas, abrazos, suspiros, risas, nervios, ansiedad y miradas transparentes movidas por una energía; a veces constructiva, a veces lo contrario, que hacía latir esa gran trinchera de barricadas que es el Espanyol. Emociones que se han esfumado dejando paso por agotamiento a la indiferencia, el hartazgo y la resignación. Ilusiones que han muerto en un presente condenado a no tener más futuro que el previsible siguiente partido.

Demasiado tiempo apelando a la militancia, demandando un penúltimo esfuerzo para mantener a flote la nave. Demasiadas palabras vacías y promesas sobre papel mojado. Demasiadas exigencias sin retorno, incompatibles con un presente que nos exige el 100% de nuestra energía para superar ese partido diario que es hoy la vida. Demasiado cortoplacismo miope que nos ha robado los sueños. Porque eso es el fútbol: sueños colectivos sobre un tapiz verde; ilusiones compartidas y significados subjetivos e irracionales que hacen que la pelota siga rodando en campos como el nuestro, donde la razón lleva más de 113 años estrellándose. Seguir leyendo “Volver a emocionar”

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Tributo a la normalidad

También puedes leer esta entrada en Tribuna Perica: http://tribunaperica.com/2013/09/24/tributo-a-la-normalidad/

Hace menos de un año el Espanyol se arrastraba por el lodo de una Junta de Accionistas que puso colofón a una era de desgobierno, (des) vergüenza y sinsentido. En unas semanas se reeditará ocasión pero el contexto es, afortunadamente, muy diferente. Tanto, que hoy es posible escuchar a aficionados del Espanyol hablar de fútbol.

Valoramos la normalidad, entendida ésta como el sentido común aplicado a la gestión de un club de fútbol, porque hemos estado tanto tiempo sumidos en el caos que ahora, ese sentido común que encarna gente como Perarnau nos parece extraordinario. Y lo es, al menos para el Espanyol.

Volvemos a tener un equipo acorde a la realidad del club: un grupo consciente de que pelear más que el rival es el único salvoconducto para superar los 90 minutos con éxito. Ese es nuestro presente: sobrevivir, día a día, partido a partido. Sobrevivir a nuestro pasado, a nuestra gestión, a nuestros errores, a las ataduras, a los egos, a nosotros mismos y al entorno en definitiva. Sólo eso. Todo eso.

Hemos dejado de soñar con la luna de Montevideo y el esplendoroso futuro dibujado sobre papel mojado y estamos recuperando el presente. Debemos reconocer ese logro a los actuales dirigentes, encargados de realizar la transición hacia una normalidad tan necesaria como insuficiente en el medio plazo.

Como tantas otras veces en nuestra historia, hemos desaprovechado la oportunidad de dar un giro a nuestro destino: la Copa del 2006, la final de la UEFA del 2007 y el reencuentro con un hogar propio en 2009 no han sido suficiente para abrirnos un nuevo camino. El contexto no ha ayudado, es cierto, pero después de 113 años, ¿qué otra cosa podíamos esperar?: nadar contracorriente es y será marca de la casa, y escuela de vida.

Hemos recuperado el presente decíamos, sí, pero ganar el futuro pasa ineludiblemente por un proyecto, un relato y una gestión óptima de nuestros recursos que nos permita romper el techo de cristal autoimpuesto y explorar, de una vez, nuestras posibilidades reales sin complejos.

Haríamos bien en ayudar a los actuales rectores a reestablecer ese clima de normalidad que alumbre una nueva era en la que nos esté permitido mirar más allá del siguiente domingo. Un Espanyol capaz de abrir nuevos caminos estableciendo los estándares a seguir por el resto. Un club sin complejos que ofrezca asiento a todos los hijos futbolísticos de nadie que, a pesar del discurso oficial, siguen prefiriendo mirar el fútbol (y con él la vida) bajo un prisma diferente.

Rindamos tributo a la normalidad y ayudemos a cimentarla sin perder la fe en un futuro diferente y mejor. Porque como dice el gran Enric González, el Espanyol es una cuestión de fe y la mía es inquebrantable.

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El Espanyol da la espalda… a su realidad

Cornellà El Prat, Catalunya més que un clubOtro año que acaba con la sensación de que la mediocridad cala en la estructura del Espanyol como la aluminosis penetra en los edificios enfermos. No hay un rincón del club que no esté amparado en alguna excusa para justificar su letargo: “somos el Espanyol”, “con lo que hay no se puede hacer más”, “podemos darnos con un canto en los dientes pensando en como empezamos”, “podría ser peor, mira al Villarreal o el Zaragoza”, “la crisis es para todos” y un largo etc. de sobra conocido.

Tras muchas temporadas siguiendo al equipo, con más sombras que claros (y no hablo sólo de resultados), sigo preguntándome cuál es el ADN del Espanyol: ¿qué hecho diferencial hace reconocible a la institución, desde los directivos hasta los alevines, pasando por el primer equipo y la afición? Dejando a un lado las pasiones y analizando los hechos con frialdad te das cuenta de que ese ADN no existe o se oculta. La imagen que proyecta el club a la sociedad, a los socios, a los empleados, a las instituciones, a los medios… está en manos de personas (jugadores, directivos, portavoces o cuerpo técnico) que actúan sin criterio, o al menos, sin criterio compartido. La marca Espanyol es un puzzle que no encaja, un mensaje que no llega; y eso provoca grietas y desapego.

No hay diferencias entre el Espanyol y el Mallorca, o el Deportivo, o el… porque si analizamos con sinceridad lo acontecido este año (como ejemplo) veremos una realidad muy alejada de la mitificada humildad, nobleza y entrega que nos arrogamos: en el campo, un equipo endeble, carente de ambición, sin arraigo ni ascendencia; en el palco, egocentrismo, a ratos esperpento, y sobre todo, ausencia de ideas y liderazgo; en la grada, absurdas guerras cainitas, peligrosos gestos intolerantes y creciente indiferencia (27.500 espectadores en un derbi, por debajo de la media de asistencia en la primera temporada de Cornellà). El denominador común: ausencia de rumbo en un club desnortado.

Creo que no me equivoco al afirmar que, lejos de títulos y portadas, lo que busca un perico es que su equipo le haga sentir orgulloso. Que le haga disfrutar del camino más allá de las metas. Un perico gusta de Leverkusen o Glasgow tanto como de Mestalla o el Bernabéu, porque lo que ansía es sentir ese cosquilleo en el estómago que provoca la comunión de los suyos dándolo todo en el campo y en la grada. Y eso, reconozcámoslo, lleva mucho tiempo sin pasar y nada hace indicar que vaya a darse a corto plazo.

Podemos seguir hablando de Colón, de Casanovas, de esteladas y rojigualdas o de pasillos y alicatados. Podemos seguir buscando el enemigo fuera mientras damos la espalda a nuestra cruda realidad: el principal enemigo del Espanyol es el Espanyol. La elección es: lo asumimos y lo arreglamos o continuamos la auto destrucción.

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