Corriendo huerto adentro

EspañaCorría huerto adentro cada vez que escuchaba el sonido de un avión sobrevolando el pueblo. El miedo a esa guerra eterna que es España se clavó en su alma y nunca le abandonó. Mi tata (mi tío bisabuelo en realidad) era un buen hombre o lo que es lo mismo, un pobre hombre a manos de este vil lugar. La guerra se cruzó en su camino y los fogones a los que algún general caritativo le destinó le libraron de una muerte segura. Cualquiera de los que lo conocimos sabemos que no hubiera sido capaz de empuñar más que la hoz y la azada con la que se ganó la vida. Seguir leyendo “Corriendo huerto adentro”

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La verdadera Marca España

Marca España
Fuente de la imagen http://www.bululu2120.com/2012/04/22/lectura-de-el-quijote-para-el-dia-del-libro/

Lo oigo casi a diario desde hace un tiempo y las sensaciones que me provoca han ido evolucionando desde el enfado inicial a la indiferencia pasando por la burla. Es la vacía Marca España: ese ente abstracto e indefinido que debería servir para proyectar un qué, un cómo y un para qué de España que ayudara a mejorar la percepción sobre nosotros. Y es en ese ‘nosotros’ dónde radica lo ilusorio: porque antes de pensar en la marca, deberíamos ser capaces de definirnos; y en esta encrucijada llamada España, lo único que tenemos claro es todo lo que no somos y todo lo que no queremos ser.

Es más, en el improbable caso de que nos pusiéramos de acuerdo para definir lo que somos, o mejor dicho, en el improbable caso de que nos pusiéramos de acuerdo, sin más, necesitaríamos ir un paso más allá para establecer juntos una meta, un objetivo, un qué-queremos-ser-de-mayores. Seguir leyendo “La verdadera Marca España”

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‘La chica’

Estació de Sarrià
Josep Renalias (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)

Tiene alrededor de 60 años, delgada, poco más de 1.50 de altura y hundidos ojos negros que actúan como dique de contención del sufrimiento acumulado. Me la encuentro cada mañana en el tren cargada de bolsas y enfundada en unas llamativas zapatillas de deporte poco acordes al resto de su indumentaria. Bajamos en la misma estación y acostumbra a salir corriendo con la vista puesta en la marquesina de la calle de enfrente. En alguna ocasión la he escuchado lamentándose por haber perdido ese autobús de línea que le ahorra “40 minutos de caminata”.

Me la crucé hoy sábado en els Ferrocarrils en medio de una niebla de banderas. En un primer momento no la reconocí pero al bajar en la estación de Sarrià, su angustioso paso corto y veloz me ubicó. Era ‘La chica’, ‘La mujer’, ‘La nani’. Una de esas pluricuidadoras invisibles 24/7, que en legión suben y bajan de la tierra prometida dejando atrás a sus hijos para cuidar a los hijos de otros; hijos que siempre habitarán lados opuestos de la Diagonal. En realidad, su suerte es mejor que la de los muchos que tuvieron que regresar a su país sin más equipaje que las heridas del desprecio y la indiferencia de una sociedad arrogante e ingrata.

Pensaba en ello mientras bajaba Major de Sarrià en dirección al Tomás. Entre brava y brava, hojeando el periódico me topé con una noticia sobre “128 jóvenes españoles tirados en Alemania tras ser atraídos con una falsa oferta de empleo”. Lugares comunes de un guión bien conocido por estos lares: ilusiones, desesperación, promesas y muchos hijos de puta dispuestos a aprovecharse de todo ello. La historia de España en realidad, una historia que por primera vez ha criado una generación ajena al Lazarillo de Tormes que siempre fuimos y que, paradójicamente, hoy es víctima de la crueldad con la que pagamos en los días de vino y rosas.

Regreso caminando a la Barcelona mundana de la que salí y recreo en mi mente todos esos rostros de preocupación y miradas perdidas de personas de 40 y 50 con las que me tropiezo a diario. Caigo en la cuenta de que el silencioso rechinar de dientes y las mandíbulas en tensión no se deben a su desdicha. El dolor que les engulle surge de lo más profundo de sus entrañas: entre la vergüenza y la desolación toman conciencia de que sus hijos serán mañana, en cualquier otra parte del mundo, ‘La chica.

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Vivan las cadenas

Vivan las cadenas
http://cosmem.blogspot.com.es/2012/03/del-viva-la-pepa-al-vivan-las-cadenas.html

Hoy 11 de septiembre, miles de almas bienintencionadas, muchas todavía con acento andaluz y extremeño, se unirán a la Vía catalana, una cadena humana que reivindica el derecho a decidir, o la independencia, o la libertad, o el hartazgo por el robo de Madrid, o todo a la vez. Será una cruzada por la recuperación de la prosperidad arrebatada hace… 300 años. El último gran momento de las cadenas lo vivimos en 1814, cuando muchos bienintencionados ciudadanos madrileños recibieron a Fernando VII al grito de “¡vivan las caenas!”, soltaron los caballos y se pusieron a tirar ellos mismos del carro de su deseado monarca absolutista.

La historia de España está marcada por el fracaso, el desprecio a la razón, la perseverancia en el error y el empleo de nuestras escasas armas en batallas equivocadas contra enemigos no menos equivocados. Es una historia construida sobre uniones temporales de intereses contra algo o alguien, a menudo el vecino. El capítulo catalán forma parte nuclear de ese oscuro libro, que acabará como y cuando tenga que acabar, pero que ha sido escrito entre todos.

Sea cual sea el final, con unos u otros gestionando nuestra cartera, la mayoría seguirá encontrando su patria al cruzar la puerta de casa y la bandera más representativa continuará siendo a cuadros y servirá para cubrir la mesa del comedor. No creo que casi nadie esté hoy en condiciones de juzgar al prójimo por encadenarse o no para defender como mejor crea conveniente el plato de comida de los suyos, pero no nos hagamos más trampas al solitario. Esto no tiene que nada ver con dignidad, igualdad, libertad y fraternidad; esto va sobre todo de la ubicación de la caja registradora. Así que, dejemos el victimismo, porque ser victima de la estupidez histórica de nuestros dirigentes no es patrimonio ni mérito exclusivo de nadie. Seguir leyendo “Vivan las cadenas”

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Aprender a mirar hacia otra parte

En las ciudades pequeñas y los pueblos es difícil ver vagabundos (o al menos era), todo es más tuyo, hasta la miseria de los otros. En las grandes ciudades la sensación de distancia es mayor y el ojo acaba acostumbrándose a todo (en parte como mecanismo de defensa). Soy poco amigo de las moralinas y el buenismo, la historia está plagada de desdichados y seguramente ésta no será la peor época para ellos, aunque sí la más cobarde.

-“Mamá, ¿por qué está ese hombre durmiendo en la calle?”

“Shh, no lo señales, ¡y no lo mires!”

Lo escuché hace unos días y me dieron ganas de correr hasta ponerme a la altura de aquel niño y decirle: “ese hombre duerme en la calle porque en la vida no todos ganan. Ese hombre duerme en la calle porque tu madre, tu padre, yo y unos cuantos millones de cabrones más, miramos hacia otra parte cuando lo tropezamos”. Lógicamente no lo hice, esas cosas no hace falta decirlas. A mirar para otra parte aprendemos sobre la marcha y no se olvida nunca, es como montar en bicicleta.

Luego crecemos… Seguir leyendo “Aprender a mirar hacia otra parte”

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