Relatos salvajes catalanes

Paella
Basado en hechos reales:

2006 – La croqueta valenciana

La parroquia de amigos valencianos nos visitó con motivo del torneo anual de paellas del barrio. Bueno, aquello era solo la excusa.

Tras una primera excursión infructuosa a Barcelona, nos pidieron un poco más de rigor al diseñar la ruta nocturna (en aquella primera ocasión, el encendido de luces de la discoteca a las 5.55 les hizo creer que se trataba de un incendio). Pusimos rumbo al extraradio y dieron su aprobación: allí sí se podía hablar, hacer el truco del pañuelo y socializar sin postureos distractorios.

Al salir el sol, como mandan los cánones, salimos también nosotros y empezamos a recoger carrete rumbo a casa. De camino, vimos al final de la esplanada un par de furgonetas de Mossos d’Esquadra en standby y alguien entre nosotros gritó: ‘¡la croqueta, Jorge, la croqueta!’. Y sucedió así: empezó a trotar en dirección a ellos, cogió velocidad y se echó al suelo con vehemencia; rodó y rodó de forma imparable hasta que a escasos metros de distancia saltó como un relámpago, echó sus rodillas al suelo y abrió sus brazos al cielo en una pose digna de El Cordobés. Nacía en Hospitalet una leyenda: Jorge, la croqueta valenciana.

Aquel fin de semana acabó con nuestra paella fuera de concurso y con algunas escenas que sirvieron de inspiración a los guionistas de The Walking Dead. La más destacada se produjo ya de buena mañana, con la croqueta aún sin digerir: paseábamos por el parque botella de agua (5 litros) en mano cuando apareció frente a nosotros nuestra portera con su perrita. Con esa mirada que solo alguien superior puede dirigirte, contempló el desolador panorama, ladeó la cabeza en signo de sumarísima sentencia y pasó de largo: “Vamos Deisi” (o como se llamara).

2009 – Perico que vuela

Todo transcurría con positiva normalidad, la presentación en sociedad iba bien y la familia de mi novia parecía aceptarme como a uno más. La charla era animada y me manejaba razonablemente bien saludando a diestro y siniestro con alegría y buen humor.

Comimos fraternal y abundantemente y charlamos de forma distendida, incluso más allá de los lugares comunes habituales de estas citas. Seguir leyendo “Relatos salvajes catalanes”

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Capítulo 5 (final): Qualsevol nit pot sortir el sol

Mediterráneo
En el capítulo anterior: Barcelona tiene poder

Escribo hoy desde un lugar privilegiado de la Tierra y de la historia. No soy indiferente a la desgracia de quienes nacieron por azar en otros lares menos agradables y precisamente por eso me siento en la obligación de valorar lo que tengo. Hoy, aquí, a orillas del Mediterráneo, valorarlo significa defenderlo de la única forma que conozco: entrenando mi mirada con los elementos de precisión que por fortuna tengo a mi alcance: cultura, educación y el espíritu crítico que nos separa de la barbarie que llevamos dentro.

Aunque la corriente nos empuja hacia un sumidero de inmediatez maniquea, no me puedo permitir el autoengaño. He tenido buenos maestros, he estudiado a autores que me han obligado a cuestionarme infinidad de cosas y he tenido la suerte de ganarme la vida trabajando en comunicación a uno y otro lado de la barra. Por eso sé que la realidad no es fácil de explicar: que hacerlo de forma honesta requiere criterio y preparación y que es necesario contexto, tiempo y datos.

Sé que en la mayoría de ocasiones esa realidad es imposible de interpretar en 280 caracteres y que no siempre es nítida ni bonita. Sé también que siempre existirán interesados en mutilar nuestra ecuanimidad para hacernos más maleables.

Sucede hoy también. Seguir leyendo “Capítulo 5 (final): Qualsevol nit pot sortir el sol”

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Doblaron las campanas

Obra de lenalindell20

 

 

Doblaron las campanas de la iglesia poco después de cerrarse la puerta. El ruido de sus pisadas sobre la nieve se alejaba pero yo seguía paralizado, con la respiración entrecortada, incapaz de salir de mi escondite en el hueco de la vieja escalera de madera.

 

Al fin, decidí incorporarme y apartando levemente el visillo de la ventana pude ver a lo lejos su silueta recortada bajo una farola.

 

En aquel mismo instante, como si me intuyera en la distancia, la sombra se detuvo y con ella mi corazón. Instintivamente quise esconderme de la luz pero rectifiqué sobre la marcha y volví a situarme frente al vidrio para contemplar aquella mancha inmóvil.

 

Entonces, venciendo todos mis temores, levanté tímidamente la mano y le escribí en el cristal empañado ‘Feliz Navidad’. 

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Capítulo 4: Barcelona tiene poder

Barcelona, capítulo 4

En el capítulo anteior: aquellos marcianos que hablaban valenciano

Desde que recuerdo, siempre quise estar en Barcelona.

La Facultad de Ciències de la Comunicació de la UAB me dio la bienvenida con un ‘Catalonia is not Spain’ en la entrada y un menú que aquel primer día puso a prueba mis horas de Musculman y Bola de Drac: amanida, truita y mandonguilles. Aquello me sirvió de preparación porque con 21 años asistí a mi primera clase en catalán y… no pasó nada, de nada. Todo fue tal y cómo podía esperarse de una clase de Teorías de la comunicación: aburrido. El idioma no disipa el sopor.

Francisco Marhuenda era en 2004 un señor risueño que nos instruía en el Derecho de la información de forma distendida, compartiendo anécdotas de su vida parlamentaria y dejando escapar perlas como su admiración por María Teresa Fernández de la Vega. Ya digo que no siempre todo es tan simple como parece.

Ya por aquel entonces me aplicaba como máxima idiomática que, manejándome con unos mínimos, jamás le pediría a nadie, en ningún lugar, que cambiara su idioma de preferencia*. Hoy considero al catalán mi segundo idioma y disfruto en las conversaciones en las que se intercalan frases en diferentes lenguas.

Magnetismo

Caminar sobre el panot de flor que cubre el Eixample, adentrarme en los recovecos del Raval hasta dar con el Marsella, descubrir la Gràcia gitana que rememora a El Pescailla o cruzar la Diagonal para compartir unas bravas con la burguesía urbana se convirtió en algo cotidiano, mío. Barcelona, aún entre turistas y decorados fabricados para la ocasión, suposo mi oportunidad de adentrarme en las páginas de una ficción y una Historia que a duras penas se diferencian.  Seguir leyendo “Capítulo 4: Barcelona tiene poder”

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Capítulo 3: Aquellos marcianos que hablaban valenciano

Aquellos marcianos valencianos
Capítulo anterior: Nacido en el Mediterráneo

Mis padres fueron los primeros de su familia en poder estudiar, titularse y vivir de ello. Quizá por eso, mi padre no se ha separado nunca de sus libros y mi madre mantiene la ilusión por aprender cosas nuevas. En aquel fuego pautado y academicista se cocinaron mis ansias de seguir la estela de Miguel Hernández y abandonar su pueblo y el mío para conocer mundo.

Mirando ya de reojo a Barcelona llegué a Valencia con 18 años, a Gandía en concreto (sí, la de Gandía Shore). Aquello fue un regalo de la vida en todos los aspectos: disfruté de una independencia dorada que ya quisieran Puigdemont y la CUP, de una irrepetible primera promoción de estudiantes de comunicación diversos y alocados con los que disfruté del día y de la noche (Valencia es una noche infinita) y forjé amistades con las que sé que siempre podré contar, incluso en los buenos momentos.

En Gandía descubrí también que aquellos pequeños marcianos que hablaban valenciano, crecían y se convertían en personitas como yo. Gente que pensaba en valenciano y que por aquel entonces soñaba con lo mismo que el resto: un siguiente jueves universitario épico. Allí comprobé que la experiencia es el mejor aprendizaje, que algunos prejuicios se curan viajando y que el resto se aplacan leyendo.

En Valencia incorporé matices a mi mirada Seguir leyendo “Capítulo 3: Aquellos marcianos que hablaban valenciano”

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