Capítulo 4: Barcelona tiene poder

Barcelona, capítulo 4

En el capítulo anteior: aquellos marcianos que hablaban valenciano

Desde que recuerdo, siempre quise estar en Barcelona.

La Facultad de Ciències de la Comunicació de la UAB me dio la bienvenida con un ‘Catalonia is not Spain’ en la entrada y un menú que aquel primer día puso a prueba mis horas de Musculman y Bola de Drac: amanida, truita y mandonguilles. Aquello me sirvió de preparación porque con 21 años asistí a mi primera clase en catalán y… no pasó nada, de nada. Todo fue tal y cómo podía esperarse de una clase de Teorías de la comunicación: aburrido. El idioma no disipa el sopor.

Francisco Marhuenda era en 2004 un señor risueño que nos instruía en el Derecho de la información de forma distendida, compartiendo anécdotas de su vida parlamentaria y dejando escapar perlas como su admiración por María Teresa Fernández de la Vega. Ya digo que no siempre todo es tan simple como parece.

Ya por aquel entonces me aplicaba como máxima idiomática que, manejándome con unos mínimos, jamás le pediría a nadie, en ningún lugar, que cambiara su idioma de preferencia*. Hoy considero al catalán mi segundo idioma y disfruto en las conversaciones en las que se intercalan frases en diferentes lenguas.

Magnetismo

Caminar sobre el panot de flor que cubre el Eixample, adentrarme en los recovecos del Raval hasta dar con el Marsella, descubrir la Gràcia gitana que rememora a El Pescailla o cruzar la Diagonal para compartir unas bravas con la burguesía urbana se convirtió en algo cotidiano, mío. Barcelona, aún entre turistas y decorados fabricados para la ocasión, suposo mi oportunidad de adentrarme en las páginas de una ficción y una Historia que a duras penas se diferencian. 

Mi apego a Barcelona supera el que siento por cualquier otro lugar. Pertenezco a esta ciudad, con independencia de lo que la rodee. Me siento tan cómodo en Lleida como en Oviedo pero en casa solo en Barcelona, donde he edificado los pilares de una vida que se construirá en cualquier lugar pero siempre sobre su estructura.

La única excepción a esa simétrica cercanía/lejanía por los recovecos de la Península es Girona. Recorrer sus calles, cruzar el rio Onyar contemplando sus coloridas casas o pararme ante la Catedral de Santa María me transporta a mi adolescencia en Orihuela. Incluso, por más paradójico que pueda resultar hoy, hablar con su gente en catalán o castellano es hablar de alguna forma con los pequeños comerciantes que pusieron escenario a mi niñez.

La búsqueda de culpables como denominador común

Culpar a España de todos los males sigue siendo uno de los deportes más practicados del lugar. En concreto al ‘Estado español’, un ente abstracto al que se pueden achacar las 7 plagas sin rubor por su carácter impersonal. Al principio me costó situar aquel sentimiento permanente de sosegado agravio: a mi alrededor veía un nivel de vida superior a todo cuanto había conocido en las españas; buenos servicios públicos, una rica oferta cultural de cierta calidad y un amplio auto gobierno. Las críticas al Govern eran de similar proporción e intensidad que las referidas al Gobierno central, aunque en Cataluña esas críticas nunca trascendían a la Institución (la Generalitat).

Por acción de unos y omisión de otros y con independencia de la ideología o sentido del voto de cada cual, el Govern de la Generalitat goza de una respaldo y reconocimiento muy superior al del Gobierno del Estado. Un Estado/país/realidad-plurinacional/cosa que ha obviado durante décadas su responsabilidad de estar presente y explicar su proyecto con-para los catalanes no puede extrañarse ahora de que otros hayan ocupado ese lugar. La construcción de un relato creíble y la proximidad ha hecho que para los catalanes sea hoy más fácil entender, perdonar, olvidar o, simplemente, desviar la mirada a Madrid cuando quien lo requiere es “su Institución”. Mi experiencia me demuestra que nada une más a los españoles, incluso a los que no quieren seguir siéndolo, que la permanente búsqueda de culpables para sus problemas.

Con los años entendí que el sentimiento de agravio tenía más que ver con las formas ásperas, con recelos y percepciones colectivizadas de injusticia: la sensación de no ser suficientemente respetados/queridos/reconocidos a pesar de su importante aportación al desarrollo del Estado. La íntima convicción hoy ampliamente exteriorizada de que solos, sin el techo de cristal que les limita, podrían hacer más y mejor.

Como decía al plantarme al otro lado del espejo, no pretendo juzgar lo acertado o no de esa mirada, solo explicarla para entender y entendernos. Y de eso va el próximo capítulo.


En el capítulo siguiente: Qualsevol nit pot sortir el sol


* Entroncado en la categoría de leyendas Ricky-Martin, corre como la mermelada el mito de un panadero/tendero que invariablemente te habla en catalán aunque le digas que no lo entiendes: no lo he conocido nunca, de hecho, mi experiencia es que el 99.9% de los catalanes te hablará en castellano a la que digas buenos días. Por otra parte, estudios recientes han demostrado que para un castellano parlante es físicamente posible entender catalán. No tengan miedo, acérquense.

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1 comentario en “Capítulo 4: Barcelona tiene poder

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