Capítulo 3: Aquellos marcianos que hablaban valenciano

Aquellos marcianos valencianos
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Mis padres fueron los primeros de su familia en poder estudiar, titularse y vivir de ello. Quizá por eso, mi padre no se ha separado nunca de sus libros y mi madre mantiene la ilusión por aprender cosas nuevas. En aquel fuego pautado y academicista se cocinaron mis ansias de seguir la estela de Miguel Hernández y abandonar su pueblo y el mío para conocer mundo.

Mirando ya de reojo a Barcelona llegué a Valencia con 18 años, a Gandía en concreto (sí, la de Gandía Shore). Aquello fue un regalo de la vida en todos los aspectos: disfruté de una independencia dorada que ya quisieran Puigdemont y la CUP, de una irrepetible primera promoción de estudiantes de comunicación diversos y alocados con los que disfruté del día y de la noche (Valencia es una noche infinita) y forjé amistades con las que sé que siempre podré contar, incluso en los buenos momentos.

En Gandía descubrí también que aquellos pequeños marcianos que hablaban valenciano, crecían y se convertían en personitas como yo. Gente que pensaba en valenciano y que por aquel entonces soñaba con lo mismo que el resto: un siguiente jueves universitario épico. Allí comprobé que la experiencia es el mejor aprendizaje, que algunos prejuicios se curan viajando y que el resto se aplacan leyendo.

En Valencia incorporé matices a mi mirada y aprendí dos cosas fundamentales: a entender las distancias como oportunidades para tender puentes (a Calatrava se le fue la mano con el asunto) y a discernir sentimientos de razones.

Aversión a la pureza

En una noche de filosofía identitaria embriagada del peor whisky del supermercado, un amigo de Benicalap me dijo algo que ha vuelto a mi mente en estos convulsos días: “yo puedo ser español, sí, pero a mi manera, sin agobios ni presiones”. Tan sencillo como eso: ¿Acaso  yo desde la España provincial descabalgada del sentimiento regional, tenía más derecho que él a influir en el denominador común de ese proyecto llamado España? Con su mirada, su sentimiento y su acción tenía tanto derecho como yo a esculpir el modelo de comunidad en el que mejor pudiéramos ganarnos y disfrutar de la vida todos. España, como cualquier proyecto compartido solo puede ser el resultado de esa visión conjunta.

Desde entonces tengo aversión a los manuales de buen español/valenciano/catalán y a la pureza identitaria con la que algunos pretenden apropiarse de la visión de los demás, haciendo de la suya la única verdadera y relegando la del resto a sucedáneos. Esa es, entre otras, una de las casusas de la creciente y evitable desafección.

Barcelona, más que el destino

Mi vida cambió por una milésima. La Universidad Autónoma de Barcelona me concedió la 4ª de las 4 plazas abiertas para trasladar expediente y cursar el segundo ciclo de la carrera (aprovecho para mandar un abrazo al 5º de la lista). Y así llegué con 21 años a la ciudad que ya siempre será mi ciudad: Barcelona.

Próximo capítulo: Barcelona tiene poder

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2 comentarios en “Capítulo 3: Aquellos marcianos que hablaban valenciano

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