Centro comercial ambulante

Tren de CercaníasDe un tiempo a esta parte se ha incrementado el número de personas que aprovechan el transporte público para vender su talento (el que lo tiene) o sus productos por unas monedas. El metro, el tranvía o el tren de cercanías se convierten en improvisados centros comerciales ambulantes en los que puedes encontrar desde las clásicas actuaciones musicales, hasta un ácido informativo de radio, pasando por la venta organizada de pañuelos de papel o de libros auto editados.

Realizo un mínimo de 2 trayectos diarios en transporte público y me encuentro con una media de 3 espectáculos. Además de en las actuaciones, suelo parar atención en las expresiones y comentarios del resto de viajeros; estamos mal, falta humor y sobra mala leche. Es cierto que el acordeonista persa de las 8:30 de la mañana debería estudiar mejor el horario pero no es menos cierto que aquel señor se juega el plato de comida y la mayoría de nosotros, una última cabezada.

Pero en ocasiones, por más enfrascado que esté en mis miserias o las de Bárcenas, no puedo evitar sonreír y sentir que hay algo de esperanza. Así me ocurrió hace unas semanas con la actuación de un improvisado dueto en la línea R1 del Maresme. Guitarra española en mano, un joven de rasgos orientales anunció su actuación en un más que correcto catalán y cuando apenas llevaba 10 segundos de canción, una adolescente sentada a unos metros de distancia, desenfundó impulsivamente su violín. Tras una sonrisa de aprobación por parte del guitarrista, la quinceañera se arrancó en el acompañamiento y con el sol poniéndose sobre el mediterráneo como fondo, ayudó a detener el tiempo.

Hoy no toca hablar de cultura, crisis o talento juvenil. Hoy sólo quiero describir ese momento, el momento, el único que recuerdo con precisión de aquel día en el que los acordes de dos desconocidos se unieron para dibujar sonrisas. Sólo eso, todo eso.

Ah sí, la canción… ¿cuál crees que tocaron?

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