Su oportunidad

Me contaban este verano las últimas peripecias de un conocido al que había perdido la pista, uno de esos legítimos hijos-de a los que el apellido le ha salvado de su mediocridad. El guion no se deja ningún clásico en la recámara, es un personaje de manual: colegio de alto standing, legión de criadas a su alrededor, viajes veraniegos al extranjero, actividades extra escolares en los mejores clubs… La Universidad  no era una elección para él y obtener un título (ya que el de papá era intelectualmente imposible; otro, el que fuera) era cuestión de tiempo y dinero. Un par de cambios de carrera, otro par de cambios de universidad (privada por supuesto), unos años extra para ir completando créditos y al final, con mucho esfuerzo (a unos 10.000€/año el kilo de esfuerzo) llegó el birrete.

La vocación llamó a su puerta y papá ayudó para que pudiera realizarse. Empezó en la cima de su sector y como era de esperar, no tuvo que llevar ningún café. Le sirvieron su futuro en bandeja de plata, pero suplir la falta de experiencia y acallar la rumorología de su entorno laboral requería de un esfuerzo y una constancia que nunca le parecieron rentables. Podríamos decir que se lo quitaron de encima como pudieron (sin dañar las relaciones con papá) aunque siempre quedará mejor recordarlo en casa como la constatación de que “aquello no era lo que él esperaba”. Una decepción de ese calibre merecía un año sabático y algunos viajes por todo el mundo para mejorar el inglés (y lo que se terciara).

Pasados los viajes, y el trauma, y bien casado, llegó la hora de encontrar la estabilidad que tanto se le resistía (a pesar de todo). Y qué mejor que la poderosa empresa de papá para comenzar una nueva etapa profesional. Lógicamente, tampoco aquí había espacio para los cafés. Recibió el cargo importante que requería la ocasión, aunque eso sí, sin la pesada responsabilidad que suele ir asociada a ese tipo de puestos. Eso quedó para algunos elegidos, que desde ese día han incorporado a sus funciones la de velar por que el (obligado) desarrollo profesional del chaval no interfiera en el negocio.

Esto no es una queja ni una moralina sobre justicia y méritos, es lo que hay. Es la constatación de una evidencia que se abre paso cada día entre el sofismo y los discursos vacíos: al margen de nuestro talento y nuestro trabajo, no todos partimos en igualdad de condiciones y los desequilibrios son cada vez más brutales.

Una de las principales obligaciones de nuestros administradores debiera ser la de equilibrar, al menos un poco, esas abismales diferencias de partida para garantizar a todos una oportunidad, su oportunidad. Esa es la ingenua esperanza que aplaca mi rabia cada vez que pago mis impuestos sabiendo que van a parar a los muchos aeropuertos de Castellón que inundan el país o a esos colegios segregacionistas tan del gusto de Wert: algún día esa gentuza que nos ha metido en este agujero (por acción u omisión) reaccionará, recobrará la dignidad perdida y volverá a trabajar por (todos) los ciudadanos a los que sirven, especialmente por los que no tienen voz.

No se trata de igualarnos, ni tan siquiera de sacar la calculadora y establecer proporciones aritméticas en cada etapa de nuestra vida. Se trata de sentido común, de que en tiempos de recortes, las infinitas oportunidades de los hijos-de no se mantengan a costa de la única oportunidad de los hijos-de-nadie.

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4 comentarios en “Su oportunidad

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